RECUERDOS DE UNA NOCHE DE SAN JUAN


En los años 80 cuando aún cursaba la primaria en el Glorioso 500, se esperaba con mucho entusiasmo la noche del 23 de junio, que según decían los antiguos era la noche más fría del año. Las fiestas y sobre todo las fogatas abundaban esa fecha por las angostas calles jaujinas, y todos sin excepción alguna, grandes y chicos queríamos ser partícipes de dicho jolgorio nocturno.


En mi casa también se vivía y esperaba esta noche con singular alegría y obviamente los vecinos de la sexta cuadra del Jr. Manco Cápac donde está ubicado mi domicilio no eran ajenos a estos acontecimientos. Recuerdo claramente aquellos amigos de infancia que conformábamos la cuadra, al lado derecho estaba Danielito Robles, sus papás el profesor Daniel y su esposa la señora Lourdes, hacia abajo Jesús Cordero, sus abuelitos el conocido don P’Pucho Carlos Cordero, su esposa la mama Nelly y su tío “Pale” y al frente Hualo, nieto de don Cachito Sovero y su esposa la señora Zoilita. Habían mas vecinos en la cuadra pero no participaron mucho aquella vez, salvo el primo de Hualo, Marlon Sovero.

Aquel año el día 23 de junio cayó fin de semana por lo que desde muy temprano todos los mencionados ya teníamos planificado ir en busca de alguna chacra de la carretera hacia Paca que tenga a sus dueños “descuidados” para poder llevarnos la paja que dejaban en los surcos después de haber realizado la cosecha de trigo y cebada.

Como olvidar al más entusiasta de todos, “Don Cachito Sovero” que con su triciclo y a pesar de su ya avanzada edad era el que nos incentivaba para hacer nuestra fogata infantil. Aquella mañana partimos hacia esas chacras camino a Paca y entre juegos propios de nuestra edad y la alegría innata de estar en el campo pudimos recolectar toda la paja que el triciclo de Don Cachito podía llevar. A golpe del mediodía volvimos muy contentos hacia nuestra cuadra y guardamos toda la paja en el extenso patio de Hualo para esperar las 8 o 9 de la noche y dar inicio a nuestra fogata. Habíamos juntado una buena cantidad y pensábamos inocentemente que eso nos iba alcanzar para toda la noche.

Al rato del almuerzo le conté a mi papá nuestra hazaña matutina y mi querido viejo Pepe esbozando una ligera sonrisa me preguntó donde habíamos dejado todo lo que trajimos. Tras unos minutos nos dirigimos a la casa del frente y al ver los montones de paja tendidos me dijo que eso no alcanzaría, que deberíamos ir por más. Lamentablemente Don Cachito no podría volver a llevarnos por la tarde, por lo que había algo de nostalgia entre nosotros.

Mi papá al ver esas caritas tristes me dijo que convocara a mis amigos para el rato que salía de su trabajo - vale decir pasada las 5 de la tarde - para poder ir en la camioneta por más paja. Y fiel a su promesa aquella tarde mi padre llegó a la casa aproximadamente a las 5:30 pm. y ya nosotros estábamos esperando muy impacientes su llegada. Subimos todos de prisa a la tolva de la vieja camioneta Dodge y entre risas y gritos de “arranca, arranca” partimos, pero en esta oportunidad ya no fuimos para las chacras camino a Paca sino para algunas aledañas al cementerio.

Eran ya casi las 7 de la noche cuando recolectando la paja de una y otra chacra pudimos juntar una muy buena cantidad, el viento soplaba fuerte, hacía frío y ya teníamos hambre así que emprendimos el regreso. Al llegar a nuestra cuadra bajamos raudamente y pusimos a buen recaudo la paja, siempre en el patio de Don Cachito. Luego acordamos cenar lo más rápido posible para encontrarnos por lo mucho en un par de horas para poder dar inicio a nuestra tan anhelada y esperada noche de San Juan.

Y así fue, al promediar las 9 de la noche salimos todos los vecinitos de la cuadra y fósforo en mano más unos viejos periódicos dimos inicio a nuestra fogata. Las llamas iban consumiendo de a poco la paja y algunos troncos que habíamos sacado para la ocasión. Y bueno, era momento de empezar a tomar impulso y dar nuestros mejores brincos encima del fuego que se elevaba hacia el estrellado cielo jaujino.

Habían momentos en que la fogata adquiría alturas considerables y definitivamente que nos embargaba cierto temor, propios de nuestros 8 o 9 años, nadie quería brincar hasta que bajara un poco. Pero yo que era algo más osado que el resto de mis amigos decidí saltar, así que me alejé unos metros y tomé todo el impulso que pude. Lamentablemente al dar mi gran salto fue inevitable quemarme las cejas y algo de cabello, lo que provocó una desenfrenada risa entre mis amigos y también nuestros padres que estaban ahí conversando a un costado, disfrutando también de aquella fría noche.

Justamente ese frío intenso hizo que mi papá se animara a preparar unos típicos calientitos jaujinos y otros con la riquísima Chicha de Jora que mi abuelita Inés preparaba en esos tiempos para venta en la pequeña bodeguita que tenía. Entonces todos los adultos de aquella sexta cuadra del Jr. Manco Cápac comenzaron a abrigar la noche en base a esos preparados combinados con caña pura de Monobamba.

Los minutos y las horas transcurrían en aquella mágica e inolvidable noche, los calientitos también se consumieron como el tiempo, entonces Don Cachito no quiso quedarse atrás y también sacó sus remojados añejos guardados celosamente para fechas especiales - y obviamente esta era una muy especial - y los brindis, risas y salud continuaron entre las personas mayores.

Mientras nosotros los pequeños seguíamos disfrutando a rabiar de nuestra añorada fogata infantil, los brincos seguían, las quemadas de cejas y cabellos también y por ende las múltiples carcajadas de todos. Recuerdo con absoluta claridad, cual si fuese ayer, que estas fogatas también ardían en los cerros que se podían observar desde nuestras casas, ahí estaban ardiendo como puntitos incandescentes en la bulliciosa noche de junio los cerros de las alturas de Quero,  pues la gente de esos lugares prendían sus chacras para que esas cenizas abonen las tierras que meses después volverían a brindarnos la cebada y el trigo nuevamente.

La paja se acababa poco a poco, pero lo que no se terminaba eran los calientitos porque Don P’pucho también se apuntó con la preparación de unos tragos y como para ponerle más sabor y alegría a la noche que ya no era para nada fría, el Pale, Carlitos Cordero, sacó una jaranera guitarra y empezaron a entonar entre todos los mayores un concierto callejero al estilo de las lejanas y hoy ausentes serenatas jaujinas, entonces los huaynitos y las añejas mulizas sonaron suaves, alegres y eternas en nuestra vieja calle.

La familia Rivera que vivía una cuadra más abajo de la mía se caracterizaba todos los años en esta fecha por hacer la fogata más grande y temida de todo el barrio. Peleto con sus primos y amigos prendían realmente un inmenso fuego que ellos muchísimo mayores que nosotros podían saltar casi sin ninguna dificultad. La vehemencia y las ganas de experimentar algo de peligro y aventura nos condujeron hasta aquella fogata y tomando el mayor impulso que pude salté esas enormes llamas dejándome como saldo un mechón de cabello totalmente quemado, pero había podido saltar aquel fuego que todos mis demás vecinos temían.

Y así era, los grupos de jóvenes entre varones y mujeres caminaban por las calles de Jauja saltando todas las fogatas que se encontraban a su paso y nadie decía nada, a veces eran amigos y hacían su “caipincruz” en nuestra calle y se les brindaba los calientitos que estaban tomando los mayores y ellos correspondían con su roncito, para luego seguir buscando mas fogatas para saltar pues en todas las cuadras siempre había siquiera una.

Y así transcurría la noche, entre bromas y viejas canciones, entre risas y amenas conversaciones, entre el recuerdo de los tiempos idos y la incertidumbre de un futuro que aún desconocíamos. Las horas pasaron, la paja se acabó pero Don P’Pucho sacó todos los papeles y cartulinas que juntaba en una inmensa caja, eran los desperdicios de los trabajos que hacía en su imprenta, eso permitió que  nuestra fogata durara unos minutos más, ya eran aproximadamente las 2 de la madrugada.

El fuego se consumió por completo pero la jarana estaba en su máximo esplendor, los calientitos eran inacabables, pareciera que las cuatro familias se hubieran puesto de acuerdo para esa ocasión pues los tragos salían y salían de una y otra casa. Nosotros habíamos reemplazado a los brincos por algunos juegos de la época, alguien sacó una pelota y comenzamos con la bata y la famosa “matagente”, la diversión tampoco terminaba para nosotros, el sueño y el cansancio no tenían lugar, se esfumaron.

Aún no sonaba Maná pero nosotros esa vez supimos lo que era “rayando el sol” porque la jarana se prolongó en nuestra calle hasta las 5 de la mañana, a esa hora ya nadie tenía nada de calientitos y nos fuimos todos a descansar con la infinita alegría de haber pasado una maravillosa noche de San Juan que estoy seguro todos quienes estuvimos presentes aquella lejana fogata la recuerdan.

Hoy que han pasado los años veo que si bien mi calle no ha cambiado, pues siguen las casas con su viejo y sombrío tejado, ya nada es igual. Don Cachito Sovero y su esposa Zoilita ya no están más entre nosotros, la mamá de Danielito Robles también partió al cielo y hace unos años nuestro querido Don P'Pucho también nos ha dejado. Hualo vive en Argentina, Danielito en Lima y Jesús que aunque sigue en Jauja ya no está en nuestra cuadra.

Aquella inolvidable noche fue simplemente espectacular y hoy más de 20 años después la evoco con alegría porque fueron momentos mágicos de mi niñez, también con nostalgia y acentuada melancolía porque esos brincos, las quemadas de cejas, cabellos y las risas de mis amigos hoy están ausentes, allá se quedaron en el pasado, todos los recuerdos los devora el tiempo y el olvido y nos fabrica algunas cicatrices en al alma.

El 23 de junio del 2012 quise revivir esos tiempos idos, quise volver a ser niño y saltar una fogata, quise ver nuevamente elevarse el fuego hacia el estrellado cielo jaujino, quise quemarme las cejas y los cabellos. Reemplacé la paja por algunas ramas, pero no estaban mis vecinos y la jarana estaba ausente, la tristeza me invadió por completo. Sentí el paso de los años y los giros que da la vida, comprendí que nada es eterno y que de todo lo vivido tan solo nos queda el recuerdo, solo eso, los gratos y añejos momentos vividos aún perduran en la mente y viven en el corazón. Salté una y otra vez la fogata, mi papá dio un par de brincos para no sentirme tan solitario, pero la nostalgia me ganaba y las lágrimas no pudieron resistirse a rodar por mis mejillas, entonces... abracé a mi viejo y le pedí que preparara unos calientitos bien cargados.

Comentarios

  1. Hermosa historia, es una pena que se hayan perdido costumbres como esas. Siga subiendo historias, que queden a la imaginación del lector virtual.

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  2. te has quedado en jauja eres un hijo comprometido con tu terruño,tus letras han evocado gratos recuerdos ,sigue adelante con el oficio de escribir es una forma de expresar el amor a la vida.Exitos y amor a tu familia.

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  3. Interesante.Todos los jaujinos tenemos las letras en la sangre,tenemos inspiracion tenemos arte. Somos poetas ilusionados. felicitaciones y a seguir creando. te invito a participar de los talleres de cuentos a los que asisto, ojala podamos coincidir algun dia. saludos amigo paisano jaujino. te invito a leer mi blog. "La tinta de mi memoria"

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  4. Felicitaciones Toño, que linda remembranza, en mi cuadra también la viví. Tuvimos una infancia maravillosa sin duda en nuestra querida Jauja.

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