RECUERDOS DE UNA NOCHE DE SAN JUAN
En
mi casa también se vivía y esperaba esta noche con singular alegría y obviamente los
vecinos de la sexta cuadra del Jr. Manco Cápac donde está ubicado mi domicilio no
eran ajenos a estos acontecimientos. Recuerdo claramente aquellos amigos de
infancia que conformábamos la cuadra, al lado derecho estaba Danielito Robles,
sus papás el profesor Daniel y su esposa la señora Lourdes, hacia abajo Jesús
Cordero, sus abuelitos el conocido don P’Pucho Carlos Cordero, su esposa la
mama Nelly y su tío “Pale” y al frente Hualo, nieto de don Cachito Sovero y su
esposa la señora Zoilita. Habían mas vecinos en la cuadra pero no participaron
mucho aquella vez, salvo el primo de Hualo, Marlon Sovero.
Aquel
año el día 23 de junio cayó fin de semana por lo que desde muy temprano todos
los mencionados ya teníamos planificado ir en busca de alguna chacra de la
carretera hacia Paca que tenga a sus dueños “descuidados”
para poder llevarnos la paja que dejaban en los surcos después de haber
realizado la cosecha de trigo y cebada.
Como
olvidar al más entusiasta de todos, “Don Cachito Sovero” que con su triciclo y a pesar
de su ya avanzada edad era el que nos incentivaba para hacer nuestra fogata
infantil. Aquella mañana partimos hacia esas chacras camino a Paca y entre
juegos propios de nuestra edad y la alegría innata de estar en el campo pudimos
recolectar toda la paja que el triciclo de Don Cachito podía llevar. A golpe
del mediodía volvimos muy contentos hacia nuestra cuadra y guardamos toda la
paja en el extenso patio de Hualo para esperar las 8 o 9 de la noche y dar
inicio a nuestra fogata. Habíamos juntado una buena cantidad y pensábamos inocentemente
que eso nos iba alcanzar para toda la noche.
Al
rato del almuerzo le conté a mi papá nuestra hazaña matutina y mi querido viejo
Pepe esbozando una ligera sonrisa me preguntó donde habíamos dejado todo lo que
trajimos. Tras unos minutos nos dirigimos a la casa del frente y al ver los
montones de paja tendidos me dijo que eso no alcanzaría, que deberíamos ir por
más. Lamentablemente Don Cachito no podría volver a llevarnos por la tarde, por
lo que había algo de nostalgia entre nosotros.
Mi
papá al ver esas caritas tristes me dijo que convocara a mis amigos para el
rato que salía de su trabajo - vale decir pasada las 5 de la tarde - para poder
ir en la camioneta por más paja. Y fiel a su promesa aquella tarde mi padre
llegó a la casa aproximadamente a las 5:30 pm. y ya nosotros estábamos
esperando muy impacientes su llegada. Subimos todos de prisa a la tolva de la
vieja camioneta Dodge y entre risas y gritos de “arranca, arranca” partimos,
pero en esta oportunidad ya no fuimos para las chacras camino a Paca sino para
algunas aledañas al cementerio.
Eran
ya casi las 7 de la noche cuando recolectando la paja de una y otra chacra
pudimos juntar una muy buena cantidad, el viento soplaba fuerte, hacía frío y
ya teníamos hambre así que emprendimos el regreso. Al llegar a nuestra cuadra
bajamos raudamente y pusimos a buen recaudo la paja, siempre en el patio de Don
Cachito. Luego acordamos cenar lo más rápido posible para encontrarnos
por lo mucho en un par de horas para poder dar inicio a nuestra tan anhelada y
esperada noche de San Juan.
Y
así fue, al promediar las 9 de la noche salimos todos los vecinitos de la
cuadra y fósforo en mano más unos viejos periódicos dimos inicio a nuestra
fogata. Las llamas iban consumiendo de a poco la paja y algunos troncos que
habíamos sacado para la ocasión. Y bueno, era momento de empezar a tomar
impulso y dar nuestros mejores brincos encima del fuego que se elevaba hacia el
estrellado cielo jaujino.
Habían momentos en que la fogata adquiría alturas considerables y definitivamente que
nos embargaba cierto temor, propios de nuestros 8 o 9 años, nadie quería
brincar hasta que bajara un poco. Pero yo que era algo más osado que el resto
de mis amigos decidí saltar, así que me alejé unos metros y tomé todo el
impulso que pude. Lamentablemente al dar mi gran salto fue inevitable quemarme
las cejas y algo de cabello, lo que provocó una desenfrenada risa entre mis
amigos y también nuestros padres que estaban ahí conversando a un costado,
disfrutando también de aquella fría noche.
Justamente
ese frío intenso hizo que mi papá se animara a preparar unos típicos calientitos jaujinos y otros con la riquísima Chicha de Jora que mi abuelita
Inés preparaba en esos tiempos para venta en la pequeña bodeguita que tenía.
Entonces todos los adultos de aquella sexta cuadra del Jr. Manco Cápac
comenzaron a abrigar la noche en base a esos preparados combinados con caña
pura de Monobamba.
Los
minutos y las horas transcurrían en aquella mágica e inolvidable noche, los
calientitos también se consumieron como el tiempo, entonces Don Cachito no
quiso quedarse atrás y también sacó sus remojados añejos guardados celosamente
para fechas especiales - y obviamente esta era una muy especial - y los
brindis, risas y salud continuaron entre las personas mayores.
Mientras
nosotros los pequeños seguíamos disfrutando a rabiar de nuestra añorada fogata
infantil, los brincos seguían, las quemadas de cejas y cabellos también y por
ende las múltiples carcajadas de todos. Recuerdo con absoluta claridad, cual si
fuese ayer, que estas fogatas también ardían en los cerros que se podían
observar desde nuestras casas, ahí estaban ardiendo como puntitos
incandescentes en la bulliciosa noche de junio los cerros de las alturas de Quero,
pues la gente de esos lugares prendían
sus chacras para que esas cenizas abonen las tierras que meses después
volverían a brindarnos la cebada y el trigo nuevamente.
La
paja se acababa poco a poco, pero lo que no se terminaba eran los calientitos
porque Don P’pucho también se apuntó con la preparación de unos tragos y como
para ponerle más sabor y alegría a la noche que ya no era para nada fría, el Pale, Carlitos Cordero, sacó una jaranera guitarra y empezaron a entonar entre todos los mayores
un concierto callejero al estilo de las lejanas y hoy ausentes serenatas
jaujinas, entonces los huaynitos y las añejas mulizas sonaron suaves, alegres y
eternas en nuestra vieja calle.
La
familia Rivera que vivía una cuadra más abajo de la mía se caracterizaba todos
los años en esta fecha por hacer la fogata más grande y temida de todo el
barrio. Peleto con sus primos y amigos prendían realmente un inmenso fuego que
ellos muchísimo mayores que nosotros podían saltar casi sin ninguna dificultad.
La vehemencia y las ganas de experimentar algo de peligro y aventura nos condujeron
hasta aquella fogata y tomando el mayor impulso que pude salté esas enormes
llamas dejándome como saldo un mechón de cabello totalmente quemado, pero había
podido saltar aquel fuego que todos mis demás vecinos temían.
Y
así era, los grupos de jóvenes entre varones y mujeres caminaban por las calles
de Jauja saltando todas las fogatas que se encontraban a su paso y nadie decía
nada, a veces eran amigos y hacían su “caipincruz” en nuestra calle y se les brindaba
los calientitos que estaban tomando los mayores y ellos correspondían con su
roncito, para luego seguir buscando mas fogatas para saltar pues en todas las
cuadras siempre había siquiera una.
Y
así transcurría la noche, entre bromas y viejas canciones, entre risas y amenas
conversaciones, entre el recuerdo de los tiempos idos y la incertidumbre de un
futuro que aún desconocíamos. Las horas pasaron, la paja se acabó pero Don P’Pucho
sacó todos los papeles y cartulinas que juntaba en una inmensa caja, eran los
desperdicios de los trabajos que hacía en su imprenta, eso permitió que nuestra fogata durara unos minutos más, ya
eran aproximadamente las 2 de la madrugada.
El
fuego se consumió por completo pero la jarana estaba en su máximo esplendor,
los calientitos eran inacabables, pareciera que las cuatro familias se hubieran
puesto de acuerdo para esa ocasión pues los tragos salían y salían de una y
otra casa. Nosotros habíamos reemplazado a los brincos por algunos juegos de la
época, alguien sacó una pelota y comenzamos con la bata y la famosa “matagente”,
la diversión tampoco terminaba para nosotros, el sueño y el cansancio no tenían
lugar, se esfumaron.
Aún
no sonaba Maná pero nosotros esa vez supimos lo que era “rayando el
sol” porque la jarana se prolongó en nuestra calle hasta las 5 de la mañana, a
esa hora ya nadie tenía nada de calientitos y nos fuimos todos a descansar con la
infinita alegría de haber pasado una maravillosa noche de San Juan que estoy
seguro todos quienes estuvimos presentes aquella lejana fogata la recuerdan.
Hoy
que han pasado los años veo que si bien mi calle no ha cambiado, pues siguen
las casas con su viejo y sombrío tejado, ya nada es igual. Don Cachito Sovero y su esposa
Zoilita ya no están más entre nosotros, la mamá de Danielito Robles también
partió al cielo y hace unos años nuestro querido Don P'Pucho también nos ha dejado. Hualo vive en Argentina, Danielito en Lima y Jesús que aunque
sigue en Jauja ya no está en nuestra cuadra.
Aquella
inolvidable noche fue simplemente espectacular y hoy más de 20 años después la evoco
con alegría porque fueron momentos mágicos de mi niñez, también con nostalgia y acentuada melancolía porque esos brincos, las quemadas de cejas, cabellos y las risas de
mis amigos hoy están ausentes, allá se quedaron en el pasado, todos los
recuerdos los devora el tiempo y el olvido y nos fabrica algunas cicatrices en
al alma.
El 23 de junio del 2012 quise revivir esos tiempos idos, quise volver a ser niño y
saltar una fogata, quise ver nuevamente elevarse el fuego hacia el estrellado
cielo jaujino, quise quemarme las cejas y los cabellos. Reemplacé la paja por algunas ramas, pero no estaban mis vecinos y la jarana estaba ausente, la tristeza me invadió por completo. Sentí el paso de los años y los giros que da la vida, comprendí que nada es
eterno y que de todo lo vivido tan solo nos queda el recuerdo, solo eso, los gratos y añejos momentos vividos aún perduran en la mente y viven en el corazón. Salté una y otra
vez la fogata, mi papá dio un par de brincos para no sentirme tan solitario, pero la nostalgia me ganaba y las lágrimas no pudieron resistirse a rodar por mis mejillas, entonces... abracé a mi viejo y le pedí
que preparara unos calientitos bien cargados.

Hermosa historia, es una pena que se hayan perdido costumbres como esas. Siga subiendo historias, que queden a la imaginación del lector virtual.
ResponderEliminarte has quedado en jauja eres un hijo comprometido con tu terruño,tus letras han evocado gratos recuerdos ,sigue adelante con el oficio de escribir es una forma de expresar el amor a la vida.Exitos y amor a tu familia.
ResponderEliminarInteresante.Todos los jaujinos tenemos las letras en la sangre,tenemos inspiracion tenemos arte. Somos poetas ilusionados. felicitaciones y a seguir creando. te invito a participar de los talleres de cuentos a los que asisto, ojala podamos coincidir algun dia. saludos amigo paisano jaujino. te invito a leer mi blog. "La tinta de mi memoria"
ResponderEliminarFelicitaciones Toño, que linda remembranza, en mi cuadra también la viví. Tuvimos una infancia maravillosa sin duda en nuestra querida Jauja.
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